¿Cómo se desarrolló la prehistoria en la península ibérica y qué evidencias humanas dejaron sus primeros pobladores?
Descubre la evolución de la prehistoria en la península ibérica, desde los primeros homininos en Atapuerca hasta la aparición de las culturas metalúrgicas y los pueblos prerromanos.
En pocas palabras
- Los restos fósiles de la Sima del Elefante en Atapuerca datan la presencia humana en la península ibérica en más de un millón de años de antigüedad.
- El yacimiento de la Gran Dolina permitió definir una nueva especie de hominino denominada Homo antecessor.
- La Cueva de Altamira constituye el exponente más notable del arte rupestre paleolítico superior y magdaleniense en territorio peninsular.
- La cultura de Los Millares y el complejo de Vila Nova representan el desarrollo de las sociedades calcolíticas amuralladas en el tercer milenio a. C.
- La Protohistoria peninsular estuvo marcada por el contacto entre los pueblos indígenas (íberos, celtas y tartesios) y las colonizaciones fenicias, griegas y cartagineses.
¿Cómo se desarrolló la prehistoria en la península ibérica y qué evidencias humanas dejaron sus primeros pobladores?
La prehistoria en la península ibérica abarca un dilatado arco temporal que se extiende desde la llegada de los primeros representantes del género Homo a territorio peninsular —hace más de un millón de años— hasta el surgimiento de los primeros testimonios escritos facilitados por las colonizaciones históricas de fenicios, griegos y cartagineses a partir del primer milenio antes de nuestra era. La privilegiada situación geográfica de la península, situada como puente entre Europa y África y bañada tanto por el mar Cantábrico como por el mar Mediterráneo, ha propiciado una dinámica ambiental y cultural única, caracterizada por importantes yacimientos paleontológicos y arqueológicos de relevancia internacional.
¿Qué evidencias de homínidos antiguos se han descubierto en la sierra de Atapuerca?
La sierra de Atapuerca, situada en la provincia de Burgos, alberga algunos de los registros fósiles y tecnológicos más antiguos de Europa occidental, documentando una presencia humana ininterrumpida durante el Pleistoceno inferior y medio. Entre los hallazgos más destacados figura la mandíbula de un hominino sin clasificar formalmente todavía (denominado provisionalmente como Homo sp.) recuperada en el yacimiento de la Sima del Elefante, cuya antigüedad se sitúa entre 1,3 y 1,2 millones de años. Asimismo, en el nivel TD6 del yacimiento de la Gran Dolina se identificaron los restos de Homo antecessor, una especie propuesta como un eslabón intermedio en la evolución humana con una datación superior a los 800 000 años. Estas excavaciones también han proporcionado una amplísima colección de fósiles de Homo heidelbergensis en la Sima de los Huesos, fechados en torno a los 430 000 años, aportando datos fundamentales sobre las líneas evolutivas previas a los neandertales.

Las industrias líticas asociadas a estos primeros pobladores varían desde el Modo 1 u olduvayense hasta el Modo 2 achelense, caracterizado por la presencia de bifaces tallados en cuarcita, sílex y arenisca. Las estrategias de subsistencia de estos grupos giraban en torno a la caza de grandes mamíferos, la recolección y el carroñeo en entornos fluviales. Diversas marcas observadas en los restos óseos recuperados en los yacimientos burgaleses sugieren asimismo la práctica del canibalismo con fines posiblemente rituales o de supervivencia dentro de las pequeñas hordas nómadas que recorrían la región.

¿Cómo vivían los neandertales durante el Paleolítico medio en la península ibérica?
Durante el Paleolítico medio, asociado plenamente a la cultura musteriense (Modo 3) y al desarrollo de la glaciación de Würm, la península ibérica estuvo habitada por comunidades de Homo neanderthalensis. Estos homininos destacaban por su robustez física, su gran capacidad craneal y una adaptación exitosa a las fluctuaciones climáticas rigurosas que obligaron a muchos grupos a refugiarse en cuevas y abrigos rocosos distribuidos tanto por la cornisa cantábrica como por el área mediterránea y los valles interiores.

Los yacimientos neandertales peninsulares, entre los que destacan los enclaves gibraltareños, la cueva de Bañolas, Cova Negra o El Sidrón, evidencian un perfeccionamiento notable en las técnicas de caza enfocadas hacia ungulados de gran tamaño como caballos, ciervos y bóvidos. Su utillaje lítico incluía raederas, puntas y cuchillos fabricados mediante la técnica Levallois, concebidos para maximizar el rendimiento de la materia prima. Además, el hallazgo de restos con modificaciones culturales, ciertos indicios de pensamiento simbólico y prácticas de enterramiento apuntan hacia una complejidad social y cognitiva muy desarrollada antes de su progresiva sustitución por las poblaciones de Homo sapiens.
¿Qué características define el arte rupestre del Paleolítico superior y el Epipaleolítico?
El Paleolítico superior peninsular, vinculado a la llegada del Homo sapiens u hombre de Cromañón hace aproximadamente 40 000 años, experimentó un crecimiento demográfico notable impulsado por una economía de subsistencia más diversificada que integraba la caza especializada, la pesca fluvial y marina y el marisqueo. Paralelamente, se produjo un florecimiento cultural sin precedentes materializado en el desarrollo de la industria ósea (arpones, azagayas y propulsores) y, de manera muy sobresaliente, en las primeras manifestaciones de arte parietal y mobiliar de la península.

El arte rupestre peninsular se divide tradicionalmente en dos grandes áreas estilísticas y geográficas. Por un lado, la zona cantábrica —con la emblemática cueva de Altamira, El Castillo o Tito Bustillo— destaca por sus representaciones naturalistas de grandes animales (bisontes, caballos y ciervos) modeladas y pintadas con una amplia gama de policromías en zonas profundas de las cavidades. Por otro lado, la zona levantina, desarrollada ya hacia el Epipaleolítico, presenta abrigos al aire libre donde predominan escenas narrativas de carácter dinámico con figuras humanas muy esquematizadas realizando tareas de caza, recolección o enfrentamientos bélicos. Con el progresivo calentamiento del Holoceno y la transición al Epipaleolítico, las comunidades adoptaron una mayor sedentarización, reflejada en la aparición de los primeros cementerios estables como el de El Collado en Valencia.
¿De qué manera transformó el Neolítico el paisaje social y económico peninsular?
A partir del sexto milenio antes de nuestra era, la península ibérica experimentó un profundo proceso de neolitización impulsado inicialmente por influencias mediterráneas procedentes de Oriente Próximo. La adopción gradual de la agricultura de cereales y la domesticación de ganado transformó radicalmente las bases socioeconómicas de las poblaciones indígenas, sustituyendo el nomadismo depredador por la sedentarización en poblados estables situados tanto en valles fértiles como en cuevas costeras.

El Neolítico inicial destaca por la difusión de la cerámica cardial, decorada mediante la impresión de conchas de molusco, mientras que en etapas plenas proliferaron los asentamientos en llanuras agrícolas y la construcción de monumentos megalíticos como dólmenes, sepulcros de corredor y el fenómeno de los sepulcros de fosa en Cataluña. Estas grandes construcciones funerarias colectivas reflejan una creciente complejidad ideológica y social, donde las comunidades rendían culto a sus antepasados y consolidaban la ocupación territorial mediante arquitecturas funerarias monumentales que perdurarían durante la subsiguiente Edad de los Metales.
¿Cómo evolucionaron las culturas de la Edad de los Metales y las sociedades protohistóricas?
Durante el tercer y el segundo milenio a. C., la introducción de la metalurgia del cobre, del bronce y posteriormente del hierro reconfiguró el panorama geopolítico de la península ibérica. El Calcolítico vio nacer sociedades complejas y fortificadas como la cultura de Los Millares en el sureste peninsular y el complejo de Vila Nova en la desembocadura del Tajo, caracterizadas por poblados amurallados y necrópolis monumentales de tholoi. A este periodo pertenece también la generalización del vaso campaniforme, un horizonte cerámico de distribución europea asociado a la emergencia de élites sociales diferenciadas.

La posterior Edad del Bronce consolidó la jerarquización social con la cultura de El Argar en el sureste y el Bronce Manchego con sus peculiares motillas defensivas, mientras que en las Islas Baleares despuntaba la sofisticada arquitectura ciclópea de la cultura talayótica. Hacia el final del segundo milenio y durante el primer milenio a. C., la llegada de colonizadores mediterráneos (fenicios, griegos y cartagineses) y la afluencia de influencias indoeuropeas desde los Pirineos propiciaron el nacimiento de la Protohistoria. En este contexto florecieron entidades complejas como el reino de Tartessos en el valle del Guadalquivir, las ricas culturas de los íberos en el levante y sur —plasmadas en esculturas icónicas como la Dama de Elche o la Dama de Baza— y los pueblos celtas, celtíberos y lusitanos en la Meseta y el norte atlántico, antes de la conquista romana de Hispania.

Sources & Further Reading
Bermúdez de Castro, José María, et al. (2011). Early Pleistocene human mandible from Sima del Elefante (TE) cave site in Sierra de Atapuerca (Spain): A comparative morphological study. Journal of Human Evolution, 61(1), 12-25. Ver en ScienceDirect.
Arsuaga, Juan Luis (2004). El collar del Neandertal. En busca de los primeros pensadores. Random House Mondadori.
Fullola, Josep Mª, y Nadal, Jordi (2005). Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana. Universitat Oberta de Catalunya.
Marcos Saiz, F. Javier (2006). La Sierra de Atapuerca y el Valle del Arlanzón. Patrones de asentamiento prehistóricos. Editorial Dossoles. Ver en Dialnet.
Maluquer de Motes, Juan (1990). Tartessos. La ciudad sin historia. Editorial Destino.
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